12 de marzo 2012
Ayer vi a Darío, lo encontré en la estación de metrobús revuelto entre muchas personas, notó mi semblante, lo abracé suavemente y esperó unos minutos para buscar mis ojos y que en su búsqueda yo respondiera sobre mi estar,una danza silente sobre la interferencia de sensaciones, prudencia y frustración. Es difícil cuando dos personas se buscan, se encuentran, pero ese preciso momento ya es un desencuentro...eterno juglarismo.
Entonces me tomó del brazo y anduvimos así, arriba de las ruedas del leviatán occidental, la gente empujaba, los dos nos mirábamos, la gente seguía empujando y nuestras miradas se fueron perdiendo otra vez, eterno juglarismo.
Entonces bajamos del tren y se rompía el cielo, una tormenta de los mil demonios, truenos y relampagos que en la ciudad suenan más atemorizantes por que sientes que todos los edificios pueden venirse abajo si andan de mal humor, corrímos, mis pies se metieron en los charcos por un mal calculo, -esto no hubiera pasado en Veracruz- pensé, seguí el camino y la lluvia helada golpeaba mi cuerpo...
Seguimos corriendo, la lluvia no escampó nunca y decidimos entrar a un café, de pronto, como si lo hubieramos planeado todo el tiempo, nos dimos cuenta que exactamente cuatro años atrás en ese café nos habíamos conocido, incluso ese día nos habíamos dado un beso, de esos que consagran una nueva ruta, nos abrazamos y celebramos con un café con leche caliente y unas piezas de pan.
Hablamos por horas, afuera la lluvia no cesaba y agradeciamos el café con una sonrisa y la compañía del otro, salimos del café sin antes tocar la silla donde nos conocimos, el momento de las miradas, las palabras , incluso que yo haya salido del café con toda la intención que él me siguiera.
Ahora que volteo hacia atrás, la mirada no se va tan lejos, Darío sigue en mi vida y el amor que nos tenemos es incondicional, muchas veces estuvimos a punto de cortarnos la cabeza incluso odiarnos, ahora todo parece muy irreal, nos podemos ver, podemos tomarnos la mano y saber que el otro está ahi...